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DENBORAREN AZTARNAK / HUELLA DE TIEMPO

“El arte parece ser el empeño por descifrar o perseguir la huella dejada por una forma perdida de existencia”

Maria Zambrano (Filósofa y ensayista)

 

El año 2016 está a punto de concluir y junto a él, la capitalidad cultural DSS2016. Un año que dejará huella en cada persona que lo ha vivido y en la propia ciudad y territorio. Que bien trascenderá o se esfumará en el tiempo. Un año de aciertos y desaciertos. El tiempo marca el fin de año y el inicio de un nuevo porvenir, que queda por recorrer buscando, reflexionando, creando, hasta cumplir sueños y objetivos.

Por ello, hemos recorrido Gipuzkoa, realizando un suerte de prueba, un proceso participativo de aproximación a la creatividad social. Para ello, hemos llamado a participar a la ciudadanía de Euskal Herria, para que expresen sus sueños y reflexiones sobre la cultura y los introduzcan en botellas. Expresarlas para traducirlas. Resignificar. Dar arte, dar luz, hipnotizar.

Cada botella contiene la esencia de cada persona, transformándose en su imagen. Sus formas son curvas y rígidas, pero a su vez frágiles; al igual que el cuerpo humano, recipiente de sueños y esperanzas. La botella da forma al vacío y por su transparencia deja o no entrever el pensamiento creado por cada participante en esta instalación. De este modo, la botella se transforma en un elemento portador de sueños, ilusiones, deseos, críticas, alabanzas o del propio vacío y muestra así el interior de cada persona, su personalidad y creatividad. Sacarlas del contexto habitual, mezclarlas para crear nuevos objetos. Formas que se convierten en planos. Se separan, se juntan. Hipnotizan. Forman parte del paisaje urbano, de la cotidianidad, del día a día. Pero están resignificadas.

La persona, ser social por naturaleza con ansias de búsqueda, avanza o retrocede en el proceso de vida y muerte, dejando huella, creando conexiones con otras personas y generando nuevos caminos. Es por lo que, agrupando 10.000 botellas en lineas curvas y orgánicas, como ríos vidriosos, se conforma el laberinto natural: la huella dactilar; el corazón de los dedos, destinados a palpar, percibir y sentir.

El laberinto, compleja estructura con más de 5000 años de historia, simboliza la vida, la muerte y el renacer. Representa el camino tortuoso y lleno de equivocaciones que hay que recorrer para encontrar el centro del yo y la sabiduría. Decía Séneca,“A los que corren en un laberinto, su misma velocidad los confunde” y es que durante la vida, elegimos caminos equivocados y acertados a la hora de querer cumplir objetivos. La vida como espiral, como laberinto natural, una huella”.

La huella es la marca que dejamos con nuestra presencia, con el modo de ser, con las formas de hacer. Y es un proceso alargado en el tiempo; una voluntad de recorrer camino que marca la ruta, al igual que el hilo que utilizó Teseo para lograr encontrar al Minotauro y salir del laberinto en la mitología griega. Pero… en el caso que nos ocupa… ¿hemos llegado al centro?

El hilo rojo marca la fuerza motora que nos impulsa a avanzar, lo sensorial, el querer hacer. Por eso, el hilo recorre parte del laberinto, aun sin llegar al fin, pendiente siempre de llegar a su destino: los deseos.

Tiempo, camino, huella y reflexión. Cantaba Francis, de Doctor deseo“Soñar y desear, atreverse a transformar” ¿Cuál es sino la base para el arte, la creación y el sentimiento? Quizá sea una oda a lo urbano, quizá un grito “Hau dena aldatu nahi nuke!” o un abismo entre eso y el ¿y ahora qué? Mientras, lo que realmente me gusta, es hacerlo. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.

Eskerrik asko,

Irantzu Lekue

“Quien quiere hacer algo, encuentra un medio. 

Quien no quiere hacer nada, encuentra un excusa”

Proverbio árabe